Mis ojos centelleaban. Feliz del encuentro, él, dejaba que le rondara la cabeza. Los músculos incrédulos se tensionaban. Trataba de adivinar los movimientos. Mis fauces se aceleraban. Sonreía, discreto. Aventuraba el primer mordisco. Él intentaba corresponder. Sólo pudo romper mi blusa. Los pechos desnudos lo toreaban. Se prendió de ellos. Los dedos descendían como garras. Rasgaban lo que quedaba de piel y encontraban la entrepierna. Entró en las cavidades humanas que aún me quedaban. El verde de mis fluidos se entreveraba con los azules estertores de sus piernas.
Gemía. Yo callaba.
Callaba. Yo gemía.
Aullábamos.
La yugular aun estaba excitada. Corté de cuajo. Cuando salí, el mar rojo inundaba la sala.
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