ERÓTICOS y AFINES


En este blog encontrarán una guarida, que es mía, y de todos. Un lugar donde se refugian la escritura -particularmente la erótica- y aquellas palabras que resurgen, resuenan, y se encadenan hacia otros rumbos.

“Un escritor tiene que saber mentir”

Emilio Rodrigué

9 de agosto de 2012

CATÁLOGO DE MUESTRAS



Había pasado toda la vida intentando no comerse las uñas. Al fin lo había logrado. O eso creía. Nada es para siempre- se dijo mirando por la ventana. El sol de mayo caía en sus ojos mientras el aire le cortaba el pelo.
Así se veía Ella mientras revisaba un catálogo. Antiguo. Que devolvía la solemnidad de otras fotografías, que entonces eran modernas. Esto, le confirmaba la finitud de todo. Lo que antes estaba y ahora no. Lo que seguía. Quedado en un anagrama de pocos nombres. En un corto acrónimo y anacrónico suspiro de pocas letras. Iniciales de cada uno de sus muertos.
Se miraba las extremidades calcáreas que ahora tenían forma. Esfuerzo recompensado en un esmalte nacarado sobre sus dedos. Cada tanto, alejaba sus manos para observarlas con orgullo mientras se probaba anillos. 

- ¿Puedo acompañarla?- la sorprendió Él- aparecido de la nada. Aparentemente. 
- Estoy ocupada- contestó Ella como si el hombre siempre hubiera estado ahí. 
- Disculpe, no quería interrumpirla, ni ser maleducado, pero tiene usted unas manos muy bellas – dijo mirándola a los ojos. 
- Gracias. Muy amable- dijo lacónicamente. 
- ¿Me permite?- agregó Él mientras le acariciaba los dedos. 
- La verdad que no. No me interesa para nada lo que tenga para decir. Menos que quiera tocarme. Soy dueña de mi cuerpo... Bueno, al menos por ahora lo soy. Un día ya no estaré, y nada será mío. Ni siquiera este envase que me transporta - agregó sarcástica.
- ¡Sabía!. En realidad suponía que usted era así -dijo elevando un puño con la mirada hacia el cielo.
- ¿Así cómo? ¿Qué insinúa? 
- No insinúo nada. Simple intuición, apenas. Con solo mirarla me he dado cuenta: usted ha sufrido mucho. 
- ¿Y cómo cree saber eso? 
- Sus ojos son lo primero que he visto. Y apenas en un breve instante me han revelado lo necesario para saber quién es usted, más allá de lo que pueda decirme. Así que aunque me eche, no voy a retirarme. No quiero perderla. No voy a permitirlo. 
- Creo que está apresurando las cosas. No imagino que es lo que cree usted sobre mi, qué ha imaginado. Pero no soy lo que piensa. Créame. 
- Se equivoca. Completamente. Le aseguro que sé quién es usted. Qué quiere. Qué desea. Por quién ha llorado. Y reído. Sé que no son pocos. 
- ¿Me acusa usted de algo acaso? 
- Para nada. Muy lejos de mí está dañarte - Y se acercó un poco más hacia Ella, que se quedó quieta, sin saber por qué no le producía miedo aquel hombre, que además ahora la tuteaba. 
- Tus ojos, son un catálogo de muestras – dijo mientras le pasaba el brazo por encima de los hombros. 

Ella suspiró sin arrepentimientos mientras Él - un poco cursi- cortaba una margarita amarilla que despuntaba entre los pastos de la plaza
- Un hombre galante – pensó- No estoy acostumbrada. Y apenas lo conozco. Sólo estas palabras que ha dicho. Como si en verdad supiera.
- Te noto sorprendida. La flor es el comienzo de nuestra nueva vida. Juntos.
- Es que no entiendo nada. No sé quién sos. A qué viniste. Por qué regalarme algo sin motivo. O dejar que me abraces.
- Porque sí, solo porque sí. No debería haber preguntas tan extrañas. Me conocés, pero no tenés memoria sobre eso. Soy yo que he vuelto.
- ¿Vuelto de dónde?
- De entre la niebla que en algún momento hemos habitado.
- Disculpame pero no tengo tiempo para acertijos. Y menos para metáforas espirituales. Y bastante boludas.
- ¡Lo que me faltaba! -se increpó- otro suelto de la calesita... ¿Es que tengo un imán para este tipo de sujetos? Sinceramente, no puedo creer que esto esté pasando nuevamente. Como una centrifugadora mental que no para de secarme.
- Dejá que te acompañe, flaca. Sé que me estabas esperando. Soy Yo. 
- ¿Vos? ¿Y quién carajo sos, o te creés que sos? Mejor te vas. 
- No puedo irme. Sé. Estoy seguro, y no por agrandarme -agregó contradictoriamente- que vos querés lo mismo que yo. 
- No quiero nada nene. No quiero nada. Estaba muy tranquila poniéndome la capa de esmalte. No necesito que venga un imbécil más a mi vida, encima, para cagármela. 
- Te quiero desde que tengo memoria. 
- ¿Estás loco? Sí, definitivamente ¡estás loco! ¿Quererme? Hace media hora que estoy sentada acá. Y nunca había venido. Dejate de joder y seguí tu camino. 
- No, no puedo. 
- Perfecto. Entonces me voy yo. 
- No, no, por favor. No entendés. Dejame que te explique. 
- No, dejá, no me expliques nada. No tengo ganas de seguir escuchando mentiras de un hombre. Ya tuve suficientes. 
- ¿Ves que no estoy equivocado? Sé que sufriste mucho. 
- ¡Qué mago, mirá vos, descubriste la pólvora! ¿Quién no ha sufrido? ¿Quién no? Es fácil adivinar, algo tan obvio.
- No es obvio. Tus ojos son diferentes. En ellos puedo ver que ese dolor te ha cambiado. Hay que saber mirar. No todos han aprendido de lo que les ha pasado. Pero vos sí. Por eso Ella, la que eras, ahora se hizo Otra. Y yo las conozco a ambas. 
-  Mirá querido, dejate de “filosofía barata y zapatos de goma”. 
- Charly. Sabía que te gustaba. Te vi en un recital hace veinte años. Aunque no puedas creerlo, ahí estaba yo. 
- Claro, claro. Cualquiera podría entender la referencia. Una simple canción no es muestra de nada.
- Eso es cierto. Pero recuerdo que vos tenías el pelo largo. Bien negro. Y eras mucho más delgada. 
- Eso es fácil de deducir: mis cejas siguen siendo oscuras. Ya no soy joven. Bien o mal, el cuerpo de una mujer cambia. Igual, gracias por decirme que estoy gorda. 
- No, no entendés. Quise decir que te recuerdo. Un día. Mejor dicho una noche. En un estadio. Había un recital.
- Sí, había recitales en ese entonces. Como los hay ahora. 
- Quiero decir, cuando recién arrancaba la movida. Cuando venían por primera vez los mejores. En vivo. Aquellos que coreábamos con las guitarras desafinadas en las reuniones clandestinas. “Te encontraré una mañana”... - dijo tarareando la melodía.
- … “dentro de mi habitación”...- continuó sorprendida.
- Eso. Eso. Vos estabas con un grupo. Sentada en el pasto, esperando que empezara la función. En la entrada abríamos los bolsos de colores para que nos revisaran los milicos.
- ¡Cierto! Y a las mujeres nos revisaban el pelo, para ver si llevábamos porros como horquillas... - suspiró.
- Tal cual. Vos tenías el pelo largo, con rulos en las puntas. Naturales. Un jean gastado y unas sandalias de cuero artesanales. Una blusa blanca con puntillas... 
- … Y una ruana beige para cubrirme del frío.
- Entonces. Sentada con tus amigos, fumabas. Te acomodabas la ropa porque empezaba a refrescar. Era primavera. 
- Los tipos en el escenario probaban las luces y el sonido. Decían, hola, hola, un, dos, tres, probando. Y todos nos parábamos creyendo que iba a empezar, pero se iban.
- Volvíamos al lugar, sentados, en cuclillas. O tirados boca arriba, esperando las estrellas. Y ahí estabas vos, con una hojilla, esparciendo el tabaco. Desparramando las hebras sobre el papel amarillo. 
- Con mucha torpeza. Como siempre.
- Yo estaba en la otra punta. A unos cuantos metros. Mirando como vos tratabas de enrollar el cigarrillo. Dabas vuelta el paquetito entre tus dedos. Infructuosamente. Pasabas la lengua para pegar un lado con el otro, e intentabas enroscar la punta... 
- … Pero se me desarmaba.
- Y volvías a empezar. Con mucho empeño. Mientras, tres grupos más allá, yo me desesperaba. Pensaba, qué linda, y qué sola. Ninguno de sus amigos se da cuenta. Así que tomé valor. O fue un impulso. No lo sé...-
- ¡Y te apareciste así de la nada! Y me dijiste: - Flaca, hace rato que te estoy observando ¿me dejás que te arme el cigarro? ¡La verdad que me ponés nervioso! Y en dos segundos, enroscaste el tabaco en el papel, y me devolviste el “armado” encendido y pitado para que lo fumara.
- Me miraste con esos ojos marrones, que ahora ya son otros, más lindos, más curtidos, me dijiste “gracias” con la timidez de entonces. Yo volví a mi lugar, justo cuando empezaban a tocar los primeros acordes y la gente se paraba en un grito de primeras libertades. Y te perdí en la multitud. Hasta hace un rato.

9 de mayo de 2012

CÓMO TE DIGO


La prostituta madre que te trajo al mundo. Y el imbécil de tu padre que dejó que traspasara una gota de su esperma. De ahí venís. De ese polvo que fue, y ahora es tierra. Arena. Nada. Abandonado en una gruta luego del efímero placer. Treinta segundos sublimes. Treinta segundos que no dicen de vos más que un nombre perdido entre tantos. Perdidos en la ciudad. Confundiéndose con Otros que se parecen pero son distintos. Porque provienen de otros polvos instantáneos. Búsquedas o descuidos. Amores y terrores.
Cómo te digo. Cómo te hago notar que no valés nada. Y que además sea con astucia. Para destruirte. Para devolverte la estocada epicúrea que me diste. Sí. Venganza sería la palabra. Ahora. Mañana. Pasado ya será tarde. Porque estarás frío entre mis tinieblas. Que ya no serán tales. Y habrás dejado de ser un ángel caído con el tiempo.
Cómo te digo que me robaste. Y que yo dejé que me estafaras. Aquello que todos veían y que te ocupaste de derrumbar así, sin más. Sin darme nada. Y yo quería esa nada. Porque era tuya. Y me complacía.
Cómo destruirte sin que te des cuenta. En la distancia. Desde este paraíso que he podido construir gracias a tu desprecio. Dejando de soñar con lo imposible.
Cómo rogar que aparezcas convertido en otro. Y que vos no seas. Y que nunca pueda compararte. Porque ya no voy a comprar nada parecido. Eliminar tu número telefónico, tu cédula, tu aire. Abortar aquellos treinta segundos en que dos te dieron vida. Para que un día te cruzaras con la mía, por gusto, por azar, por desgracia. Y que juntáramos las ganas. El dolor. La ira. Y nos habláramos por horas. Donde yo te consolaba. Donde vos hablabas solo, sin escucharme.
Cómo hacer para que la dicha llegue sin remedios. Sin parches en los pies que ya me duelen tanto por haberte sostenido en mis espaldas. Sacarme tu piel como una camisa y deshecharla en el contenedor sin reciclarla. Salir a comprar botones nuevos para desabrochármelos con Otro. Y que quiera desnudarme sin prejuicios. Sin usarme.
Cómo dejar de perder el tiempo que me queda y es muy corto, en apagar la luz de tu farolito embalsamado. Quitar tus cuadros de las paredes interiores. Pintar de nuevo sin derrumbar la casa. Porque la casa tenía olor a tu perfume. Baratija insomne. Pulcritud hipócrita con calzoncillos gastados que yo supe coser. Horno sin pan. Boca sin dientes. Lengua para besar a nadie.
Decime cómo hacer. Por una vez. Sólo una vez. Para matarte.

13 de diciembre de 2011

OBJETO PERSECUTORIO

Es algo más que eso. Es algo peor que eso. La vida se ha convertido en aquello que ya había pasado. Lo evitado. Lo imposible. Lo que se repite.

La historia que tuve, no fue por opción. Ahora sí. Ahora yo era dueña de mis actos. Libertad. Con el gran costo que la misma tiene. Es cansancio y enojo. Es rabia. No hay palabras bellas para definir estas sustancias internas. No hay posibles sustituciones para esos nombres. Es pena. Fragilidad. Odio. Asco.

Hacer lo que los otros quieren. Cuando quieren. Cuando se les canta. Salir corriendo a cubrir las necesidades que en el fondo ese otro no quiere resolver. Yo auxiliar. Como si fuera una gomería las veinticuatro horas del día. Comodidad. Queja. Inhabilidad que se autojustifica.

Psiquis invadida. Energía destruida. Que se pega, se hace melaza desde el desayuno hasta pasadas las doce de la noche. Triste calabaza que no se convierte. Y no se convertirá en nada. Porque la nada es tan profunda que difícilmente pueda ser ocupada más que por sí misma. Nada. Pura. Expansiva. Completa. Sin un hada madrina que pueda hacer la magia de conceder los deseos. Porque para ella Dios no existe. Sí las ninfas. Duendes. Entidades. Espíritus. Ante la traición, vienen las facturas. Ante la traición, hay cobranza. La venganza feroz de aquello implacable que nadie puede manejar. De lo que no se puede huir.

Pegar la vuelta para el que está cerca es toda una tarea. Es como quedarse seco. Aferrado a las raíces para no quebrarse. No pasa por los recuerdos. No es simple ni remueve. Es algo que fagocita al otro. No deja respirar. Como un parásito colgado al cuello. Como una gargantilla que nadie quiere mirar. Porque se va ajustando. Como el garrote vil. Y ponés las manos para que no te asfixie. Pero sangran. Se entabla la lucha entre la sangre y las lágrimas. Corren juntas por las mejillas desacostumbradas. Corren en “ese” abrazo que al menos sostiene, y evita que te hundas. Perdón es una palabra limitada para este llanto. No hay disculpa posible por haberse encarcelado en la misma celda que otro, voluntariamente. No hay perdón para sumarle a otro lo que no le corresponde.


4 de diciembre de 2011

HERENCIA BORGIA

Este es un relato que surgió en la página CUENTO COLECTIVO, que yo inicié, y que otros siguieron hasta darle un final. Se los presento:

“Herencia Borgia”, cuento escrito entre Gabriela Venosa, Enrique Castiblanco, Sergio Mendoza, Jairo Echeverri García y el Comité editorial de Cuento Colectivo.


"Herencia Borgia"

“Herencia Borgia”

La doncella ya está en el dormitorio. Me ayuda a vestirme rápidamente. Me ajusta las vestiduras que corresponden a la mañana. Me pone el calzado que correrá hacia donde se encuentra Alejandro. Él me ha mandado a llamar con urgencia. Es mi padre, así que debo responderle enseguida.

Allí estoy, con mis cabellos rizados y largos frente a su enorme figura… frente a su manto rojo e imponente. Soy su hija… no hay dudas. Tengo su carácter, aunque lo oculto bajo mi lado de mujer. Mis tres hermanos varones se hacen cargo de los asuntos de la iglesia que él les encarga. Es un momento crucial en la historia de los hombres.

Sé que quedaré dibujada en los escritos, junto a ellos, de forma ambigua, y que mis enemigos tratarán de pintarme como una perversa dama de la corte. De una corte también perversa de un periodo oscuro, del que mejor olvidarse. Pero existo. Y no soy esa mujer que otros creen. He dejado por gusto que así sea.

Mi padre ha dicho siempre que hay que cuidarse de los enemigos. Quienes nos rodean están a la orden de poderes nefastos para la gran empresa que Alejandro tiene en mente. Él sembrará, conquistará, y proclamará la palabra del creador por el resto del mundo. Un mundo que ahora se abre… nuevo, enorme, rico. Pienso todo esto mientras voy a su encuentro… al de mi padre, “El Padre”, ante quien respondo y responderé siempre.

He de sacrificar mi vida, mi amor verdadero y mis grandes ilusiones. A cambio, recibiré su bendición. A cambio, podré ser la reina de la ciudad de Florencia y ser benefactora de grandes artistas. Crear junto a ellos, como ninguna mujer lo ha hecho. Seré Lucrecia, hija de Borgia. Perdida entre las tinieblas de mitos sobre mi vida.

“Tu lealtad me llena de alegría, hija mía. Sobre todo hoy… ya sabrás por qué” comenta Alejandro, mi padre. Entonces entra César, mi hermano, a la sala. “Te dejo con tu hermano”, dice mi padre y se despide de ambos, con besos en los labios. “Siéntate Lucrecia”, dice César, “lo que te voy a decir puede que no sea fácil, puede que ponga a prueba cada una de tus convicciones, pero es algo que debe ser y será hecho”. “Dilo ya de una vez César” le respondí, actuando de manera jocosa, cuando en realidad estaba atemorizada.

“¿Cómo va todo con Giovanni, tu esposo?” pregunta César. Enseguida me imagino lo peor. Un nudo se hizo en mi garganta y una lágrima se empezaba a formar en mi ojo izquierdo. “Ya los Sforza no nos sirven para nada. Más es lo conveniente que son los Borgia a los Sforza, que los Sforza a los Borgia. Necesitamos una alianza más beneficiosa para la familia. Eso tuyo con Giovanni debe culminar… está decidido y ocurrirá mañana por la noche, así que a eso de las 9:30 p.m., no estés muy cerca de él, no sea que te contagies de su mala suerte”.

Un profundo temor me invadió. Enseguida bajé mi mirada e imaginé a Giovanni, ensangrentado y tirado en el suelo sin vida. La mano de César en mi rostro interrumpió esos pensamientos. César, poco a poco, empezaba a trasladar las caricias del rostro a mi cuello. “Hoy no César”, le dije, y caminé hacia la puerta. “Ya sabes hermana. 9:30 p.m. mañana. ¡Larga vida a los Borgia!” dijo César antes de soltar una carcajada frenética.

En realidad, no sé cómo tomar estas noticias de César… mi primer instinto fue una mezcla de temor y tristeza. En realidad no es que esté muy satisfecha con ese matrimonio, ni tampoco quiero pelear contra los argumentos de César o mi padre, pero por el otro lado, las medidas que quieren tomar me parecen muy drásticas. Más tarde… le conté a Giovanni de los planes de mi padre y mi hermano. Esa misma noche se fugó de la ciudad.

A la mañana siguiente César y mi padre me despertaron furiosos. Giovanni había desvanecido de la faz de la tierra y ellos sabían que no era ninguna casualidad. “No quiero intervenir en sus asuntos, Dios sabe que nunca daría la espalda a mi propia sangre. Sin embargo, tal vez deberían considerar que se están embriagando de poder… y no siempre la solución tiene que ser la espada. Estoy de acuerdo que el matrimonio debe acabar, no obstante, la vía de la anulación del mismo puede ser aún más conveniente. No hay que subestimar a nadie, y es mejor tener a los Sforza de nuestro lado”.

“¿Qué te hace pensar que va a querer anular el matrimonio?” preguntó enseguida César. “Querido hermano, siempre tú tan incrédulo. Y es que lo tiene que anular sea como sea. Hay algo que ustedes no saben y es que a Giovanni… no sé cómo decirlo la verdad me da algo de vergüenza. A Giovanni pues… digamos que nunca fue un soldado muy firme que digamos. “¿De qué demonios hablas Lucrecia?” preguntó mi padre. “Pues… que… siempre tiene a la serpiente en reposo” traté de explicarles. “¿Qué son estas metáforas jovencita? Habla claro me haces el favor” insistió mi padre. “Pues que no se le endurece el miembro cabrones. ¿Qué quieren que se los dibuje y coloreé también?”

Carcajadas salvajes de aproximadamente diez minutos de duración invadieron la habitación. Al final César y mi padre tenían lágrimas en los ojos y, según dijeron, dolor en el estómago de tanto reír. Una vez se calmaron un poco mi padre dijo: “Entonces no hay nada que pueda hacer el zángano. Es un hecho, el matrimonio se anula y ante cualquier oposición de su parte, tendrá que probar su hombría frente a una corte. Una vez quede expuesto no tendrá otra alternativa”.
Entonces mi padre se acercó a mí, acarició mi mejilla y me dijo: “Toda una pequeña dama. ¿Quién pensaría que también saldrías con la vena política? Estoy orgullosa de ti hija”. Nunca olvidaré esas palabras.

1 de diciembre de 2011

Entrevista que me realizaron para Contacto Latino

La libertad sin censuras en la narrativa erótica

Si el escribir es exploración, ¿por qué sólo algunos autores se aventuran a escribir narrativa erotica? ¿Y por qué, aún cuando lo hacen, la mayoria utilizan seudónimo?

Gabriela Venosa es una psicóloga uruguaya. En su blog, La Guarida de Todos, comparte literatura erótica y otros cuentos.

Le hicimos una entrevista en Contacto Latino con la intención de entender mejor el tema del erotismo en la literatura latinoamericana. Gabriela también nos comparte dos cuentos eróticos: Guarida Erótica y Desnuda de Amor.

1. ¿Qué te inspiró a empezar a escribir literatura erótica?
Iba a un taller literario y se proponían diversos temas, y ejercicios. Lo erótico empezó a fluir por sí mismo. Al principio con un poco de pudor. Luego, al ver la respuesta que generaba en el resto del grupo, y de las buenas críticas seguí explorando ese camino. El sexo está presente en la vida de todos, se ejerza o no. Porque es placer. Y sin placer o aprender a disfrutar, hay algo en nuestras vidas que no está funcionando. Así que de una u otra manera hay que sublimar. Y la escritura erótica me permitió eso. Además un gran escritor con quien aprendí mucho, me dijo que hay que escribir algo que no se haya dicho antes y que eso no es fácil. Poco a poco fui encontrando un estilo propio. Y fui adquiriendo el oficio de escribir. Porque todos escribimos. El tema es cómo lo hacemos, con qué fin, y las palabras que usamos. Eso debe hacernos únicos, o por lo menos originales frente a los otros que nos precedieron o son contemporáneos.

2. ¿Escribes abiertamente, con tu nombre? ¿Qué tipo de reacción recibes cuando comentas esto?
Sí, escribo con mi nombre. Nunca pude publicar en papel. Pero compartí mis relatos con gente de mi entorno, y la reacción fue de gran sorpresa. En general, como soy muy seria, y a veces paso por antipática, aunque soy tímida, me han dicho que “mi imagen no coincide con lo que escribo”. Es gracioso ¿no? Es claro que en el imaginario social, si escribís algo erótico debes haber hecho todo, o probado todo lo que pusiste en letras, cuando no tiene por qué ser así. No todo es autoreferencial, hay historias mezcladas que, como en otro tipo de género, surgen del entorno, de la vida del escritor, de un proceso de maduración, y en este caso de una situación cualquiera, pero sexual, en la que uno se expresa. Pero da la sensación de que estuvieras teniendo sexo ante un montón de gente, cuando esa no es la intención.

Disfruto escribiendo estos cuentos eróticos, y lo hago (como con otros escritos) primero para mí, pero pensando en el lector. Si puede disfrutarlos también, usarlos para sí mismo, o compartirlos, mejor. Lo mismo que hace un plástico, un director de cine, con una escena erótica, o una obra en sí.

3. ¿Por qué, si nos gusta tanto la actividad sexual, nos da tanta vergüenza admitir que nos gusta?
Porque no somos libres. Nos autocensuramos. No hablamos de eso. Hay un silencio que pesa. Por eso al escribirlo estás abriendo, rompiendo ese silencio, cultural, social, psicológico. Estás metiendo imágenes en la mente de otra persona. Igual que lo hace la tele cuando muestra cuerpos con determinada estética frívola. Nadie gusta de esos programas, pero todos los miran.

4. ¿Piensas que la gente que escribe y lee este tipo de literatura son unos enfermos… o más bien son personas más sanas?
La verdad que no sé, no creo que pase por ser sano o enfermo. Creo que pasa por tener la libertad de expresar lo que otros no se animan. Puede ser grosero o vulgar (lo que para mí es pornográfico) o puede ser algo sutil, que dirija, relate, y te lleve a temperaturas que no tenías previstas, ni como escritor ni como lector. Depende de la intención de cada escritor. Uno muestra lo que quiere mostrar, y hasta donde quiere. Saber cuál es el límite como escritor, y si lo quiere hacer poéticamente o no.

5. ¿Existe un mercado para la literatura erótica?
Sinceramente no lo sé. Acá en una tienda erótica en su página web ofrecen libros de literatura erótica, pero no he visto como algo normal o frecuente que en las librerías se promocione, o que las editoriales publiquen, o que las revistas comenten. Los pocos autores que conozco usan seudónimo.

6. ¿Hay ciertas cosas acerca de las cuales no escribirías?
Sí. Tu pregunta me hizo pensar porque primero pensé, “No para nada. Creo que como estamos en el terreno de la fantasía todo vale”. Pero no, no escribiría sobre pedofilia, ni nada que incluya menores. Eso me parece aberrante. Mis cuentos son todos entre adultos, y de forma consensuada. No me parece bueno incluir perversiones propiamente dichas como las parafilias, el abuso. Estamos hablando de una sexualidad consensuada, y no patológica. En esos términos.

7. ¿Escribes otro tipo de literatura?
Sí, escribo cuentos cortos, con otras temáticas, con el mismo estilo de escritura.

22 de noviembre de 2011

DESNUDA DE AMOR



Quiero desnudarme de amor

quiero darte más sin pensar nada.

Necesito salir a tomar aire nuevo.

[...]El pasado hablará y

me contará lo que no entiendo.

(R. Rada)


En la ventana, había mariposas. En la puerta un diván para recostarse. A penas, las cosas se acomodan. A penas, las propias penas se despiden. Nada más. Y la nada es un dolor particular, único, y muchas veces repetible. Estas cosas, y otras, pensaba ella frente al espejo, una tarde cualquiera de primavera. Mientras se desnudaba para entrar a la ducha. Mientras se observaba las caderas ensanchadas, y se comparaba con las mujeres tapa de revistas.

Recién se levantaba de la siesta. El calor la había abrazado en la cama. Decidió lavarse el pelo. Entró a la ducha, y dejó caer el agua primero sobre su espalda. Después sobre el cabello. La lluvia penetró en sus pintadas canas. Con fuerza se enjabonó y enjuagó. Después llenó la esponja e hizo espuma para pasársela por la pelvis con vigor. Separó las piernas y sintió un leve cosquilleo. Trató de no darle importancia. Pero no pudo. Volvió a pasar su mano otra vez con el guante jabonoso y no pudo resistirse. Entonces desenroscó cuidadosamente la regadera de la ducha, y bajó la manguera hasta la entrepierna. El agua salía con más fuerza. Puso el dedo sobre el orificio para que la presión aumentara. Se puso en cuclillas. Los pies bien afirmados en las baldosas. Con la otra mano, se abrió la vulva. Dirigió el chorro furibundo hacia el interior de su cavidad. Sintió el calor del agua tibia. Dosificó la temperatura. Con leves movimientos sus caderas comenzaron bailar. Ella redireccionó el agua, y sostuvo los jadeos que empezaban a subirle hasta el pecho. La garganta comenzó a secarse. Se afirmó de la pared y apoyó la frente con los ojos cerrados. Sus pies temblaban aferrados al piso. El jadeo se convirtió en algo más fuerte, más grande. Su garganta comenzó a emitir un sonido que ya no podía reconocer. Se volvió único. Mantra que salió de las entrañas cósmicas de la humanidad. Sin pausa. Por lo que creyó fueron minutos de eterna comunión.

Salió de la ducha todavía sosteniendo su cabeza dolorida. Mareada se afirmó del lavatorio para no caerse. Secó su cuerpo como pudo. Volvió a mirarse en el espejo. Era otra. Su cuerpo seguía siendo el mismo. Pero ella había cambiado. Los ojos tenían un color más oscuro. Profundos. Cualquiera podría haber visto en ellos los secretos. Todos. Todos los miedos. El amor todo. La soledad toda. El dolor completo como una película sin cortes. Un suceso de imágenes. Un laberinto que ni ella misma había conocido hasta esa intensidad gutural de hacía unos minutos.

Entonces sonó el timbre. Alguien venía. Podría ser cualquiera. Porque cualquiera sabía que ella siempre estaba. Sola. Disponible. Y era cierto.

En esa soledad un hombre tocaba a su puerta y entonces ella abría. Ella se había puesto una gabardina negra sobre el cuerpo semidesnudo, y recién perfumado. Se había calzado una sandalias plateadas con tacos exageradamente altos. Bajaba la escalera de mármol blanco con el andar que le daba el sentirse bella. O al menos atractiva. O excitada por la posible cara de aquel que estaba del otro lado de la puerta. Se sintió con gracia. Movía sus caderas anchas con la pulcritud de una mujer mundana.

Él entró y la saludó con un gran beso. Ella comenzó a ascender hacia la planta alta. Contoneando sus muslos y dejando entrever la desnudez. Él la seguía. Miraba sus nalgas. Las piernas cubiertas por medias negras. La seguía, pensando qué pasaría. Pensando qué harían. Excitado.

Ella bajó muy lentamente sus caderas, casi tocando el piso. Y subió tocándose la pelvis. Luego, comenzó a acariciar los botones de la chaqueta. Uno por uno. Desabrochó el inferior. El del medio. El superior. Él pudo ver parte de sus pechos que sobresalían entre la tela brillosa. También pudo ver parte de su pubis, desnudo. Entonces aún en el descanso de la escalera, él ya estaba agotado. Quería tomarla. Pero ella dijo no. No aún. Sólo despacio. Ella dijo que le quitara la ropa lentamente. Como si cada prenda que sacara fuera una caricia sobre la piel. Áspera caricia sobre sus pezones. Como una cascada sobre sus anchas piernas. Y así fue. Un río comenzó a recorrerle entre las piernas. Él obedeció. La abrazó por detrás, y fue sacando el abrigo con mágica destreza. Ella sintió entonces cómo se le erizaba la piel. Cómo él tenía su miembro sobre sus nalgas. Conteniendo. En espera. Moviéndose sobre sí mismo. En un intento de entrarla. Impedido por la ropa que todavía no había sacado. Pero no podía apurarse. Ahora el juego le gustaba. La sentó sobre el borde de la cama y fue retirando de a una las medias, que se arrollaron al bajar hasta los pies. Ella, le desabrochó la camisa. Le aflojó el cinturón para que se aliviara. Bajó el cierre lentamente, mientras se besaban. Desnuda ya, pasó sus uñas por la espalda de él, y giró hacia delante. Pasó las uñas casi sin tocarlo en sus testículos ya perdidos. Después su falo. Lo tomó. Y siguió así dando breves toques con sus dedos largos. Él gemía. Pedía. Suplicaba. Trataba de responderle. Tocándola sin penetrarla. Ella comenzó a sentir grandes estertores en su pelvis.

Él volvió a insistir. Ella lo dejó. Él la embisitió. Dulce. Fuerte. Ambos juntaron sus ganas. En figuras diferentes se tomaron varias veces. Y varias veces explotaron hasta las lunas del amanecer.

Cuando sonó el despertador, la cama estaba ocupada por el olor de aquel hombre que no conocería.

Un hueco más la acompañó a desayunar. Untó las tostadas con la mermelada de la desazón, y se puso la chaqueta negra rumbo al trabajo.


17 de noviembre de 2011

GUARIDA ERÓTICA


Ella estaba cómoda en su casa de cuatro paredes. Una puerta y dosventanas. En la entrada principal se había llenado de malezas, ypodía verse un surco, bastante profundo que había hecho ella misma.Caminando. Caminando. Caminando.
Lascortinas y persianas estaban cerradas. Porque cuando estabanabiertas, ella se había encandilado muchas veces con brillos sutilesque la enamoraron entonces, y la abandonaron después. Era muyintensa. También muy callada. Contaba con los dedos de una mano asus amigos. Ella, no era linda. Según le habían dicho, era“exótica” -algo que nunca pudo terminar de comprender-. Teníabuen cuerpo cuando joven. Ahora, más madura, paridora de hijos, loscambios se notaban, y no estaba conforme.
Nohabía tenido aquello que otros llaman “suerte”. En el amor, seentregaba sin reservas, y perdía los pudores. Confiaba. Jugaba.Moría. Revivía. Y volvía a morirse en cada intento. Después derecopilar sus pedazos, finalmente dejó de llorar lo que no teníasentido, y decidió vivir lo que le quedaba de tiempo, en formaaustera. Por tanto se entregó a la mundana ciudad de los cadáveres,enterrando definitivamente el verbo en un cajón azul, con floresvioletas. Secas. Las lágrimas no volvieron a brotar de ella. Tampocolas sonrisas. Tampoco supo más lo que era un abrazo de hombre, yrecostarse en él al final del sexo.
Undía. Llegaba a su casa, por el camino del surco de sus heridas. Yallí estaba. De la manera más extraña e impensable para ella unhombre la esperaba. Él quiso entrar, y sin mucha resistencia, ellalo dejó pasar sin pensar en nada. Él, la tomó de la cintura ycomenzó a besarla. No podía seguir el ritmo del embate, porque yano tenía memoria. Él la guió lentamente por su boca. Él, laexploró curioso entre las piernas. Ella comenzó a retorcerse.Cambió su respiración. Cambió su ritmo. Sus manos aún norespondían. Eran dos remos sin dirección. Perdidos en el mar de latarde. Él, los colocó en su pantalón, en su espalda, en su nuca.Ella se dejó llevar, respirando cada vez más más fuerte. Cada vezmás, y más y más fuerte. Dejó. Soltó. Pujó. Sonidos que sugarganta ya no reconocía como propios. Reptó con las manos de éldentro de su pelvis. Sin parar. Las piernas le dolían. Él seguíaigual. Él la mordía. Ella se animó a entrar en su guarida. Nueva.Desconocida. Tímidamente lo tomó. Reconoció el falo con la puntade sus dedos. Notó un breve esperma que aceitaba sus manos. Entoncesél comenzó a retorcerse, a encenderse, acercándose al atardecerdel día. Que finalmente explotó sobre ella.
Otrodía, él volvió. Ella ya no lo esperaba. Él quiso ser protagonistade uno de sus cuentos. Relatos que guardaba celosa en un cajón delantiguo armario de su cueva, pero que en un rapto de locura, le habíamostrado. Ahí ella era otra, la parte no observable a simple vista.Era ambas, y una al mismo tiempo. Era una. Resguardada dentro de uncuerpo y un andar serio, distante. Oculta tras las páginas de uncuaderno, o la hoja en blanco de la computadora ella pergeñabahistorias.
Élse sorprendió y entonces quiso verla. Y se encontraron nuevamente ensu guarida. Un café dijo. Y ella puso las dos tazas sobre la mesa. Yun vestido en sobre su cuerpo casi desnudo. Él tenía que traeralgo. Llegó con un jazmín que compró en una parada camino alencuentro. Ella lo puso en una copa, esperando que más tarde dierael fresco aroma que los recordaría. Entonce, él la tomó de lacintura y la llevó contra su cuerpo. Esta vez, ella remó con susbrazos un poco más. La memoria regresaba de a poco. La tomó pordetrás y le acarició el cuerpo, los senos. Ella ronroneó una lentoy largo gemido. Él le besó el cuello. Ella se sostuvo en la mesadade la cocina resoplando, resoplando. Él esperaba y le pedía más ymás y más. Y ella se lo daba.
Fueronal cuarto. Rápidamente se quitaron la ropa. Él se posó sobre ellatratando de encontrarla. Ella se había perdido un poco en lanebulosa de su mente, y volvía cuando él la tocaba. Piel, sobrepiel. Olor sobre olor. Nuevo. Distinto. Cercano. La incorporó, laacompasó con su ritmo. Puso las piernas de ella en alto, y lapenetró. Ella sintió el ardor. Fresco aire en su lugar cerrado.Después la giró nuevamente. Pellizcó. Mordió. Ella hawriterbíadejado sus manos libres al fin sobre su miembro. Donde había libadosus jugos unos minutos antes. Respiraban rápidos. Alterados.Transpirados. Serpenteantes. Ella subió y lo remontó. Rápidamente.Juntos. Gritaron. Aquellos dos segundos en los que se apaga todo, enlos que no hay cuerpo, ni dolor, sólo la nada. La nada y el otro encomunión perfecta. A ella le brotaron algunas lágrimas, que secódisimuladamente.
Élvolvió sobre ella. La llevó hasta el borde de la cama. La ubicóboca abajo, e intentó penetrarla. Ella se dejó. Él esperó queterminara, con ansias quería escucharla gemir y retorcerse. Luego, yboca arriba, le regaló su savia.



27 de julio de 2011

LA ESENCIA DE LAS ALMAS



En aquellos años muchos de mis conocidos fueron arrestados,  otros decidieron emigrar hacia países lejanos, de cuyos nombres era mejor no enterarse, sobre todo para estar a salvo. Nunca se sabía cuándo podían golpear a nuestra puerta en busca de información, fueras pariente o vecino. Me acuerdo bien que a Marita la fueron a buscar porque otro del barrio que no sabía nada "cantó" que "El Negro" -requerido número cinco millones quinientos mil- le había comentado, a la edad de ocho años, que gustaba de ella. La pobrecita pasó cinco años detenida. Creyeron que negaba todo paradero y lo encubría por ser su amante. Mientras, "El Negro" -el de mi barrio- traficaba droga y luchaba contra el comunismo de Castro desde Miami -como Dios manda-.
Ese año conocí a Quique. Él era un "activista" como dicen los norteamericanos, así que compartimos muchos discursos en torno a la esencia del Hombre, la libertad y la utopía. Era lo más aproximado al Ché Guevara, ¿qué más podía pedir sino pan y café con leche? -la cebolla me da acidez estomacal- y así fue.
Probamos suertes y formas varias de sobrevivir sin caer en la boca del cerdo burgués. Tuvimos taller artesanal cooperativo e independiente, y nos fuimos a vivir a una gran casa compartida con otros diez extraños y desconocidos seres.
Durante un buen tiempo dormimos e hicimos el amor -o mejor dicho hicimos el amor y a veces dormimos- en una monocama. Entonces llegó Pipo, -un amigo de alguien- que vino en forma transitoria, y como ya no había lugar ni el altillo, el grupo preguntó si no nos molestaría poner una cama más en el cuarto. Como Pipo trabajaba en una oficina y se iba temprano,  nos levantábamos con él. Esperábamos que cerrara la puerta y corríamos de nuevo a desordenar la cama. Los fines de semana era un poco más complicado porque estábamos juntos todo el día, así que optamos por el baño.
            El mismo día que Pipo se fue entró al cuarto una fea pero cómoda cama de dos plazas, herencia de la tía de Quique, por lo que fuimos la envidia de la casa. Esto nos ocasionó algunos inconvenientes: más de una vez, al entar al cuarto nos encontramos parejas en poses malabares que tuvimos que desalojar. El colmo fue el día que con aquel salto mortal, nos rompieron el ropero. Ahí le dije a Quique:             

-Ya no aguanto más.
-Tenés razón, nena -dijo con parsimonia- mientras miraba las partes rotas de la reliquia de madera entreveradas con la ropa y los zapatos.
La consecuencia de eso fue que conseguí trabajo como vendedora. Después de una jornada de ocho horas con horario cortado, me encontraba con Quique en la puerta de la Facultad. Ibamos a clase y después hacíamos boliche con los compañeros, así que me acostaba como a las tres de la mañana para levantarme a las seis todos los días. Quique seguía con el taller e iba a vender a la feria. Todos los sábados y domingos -mis días libres por cierto- armábamos el puesto y exponíamos los cacharros. A veces nos largábamos con sol y al llegar al parque ya estaba lloviendo, así que teníamos que cargar otra vez, vuelta a casa con todo mojado y sin un peso en el bolso.
A esa altura vivíamos en una casita pequeña que mi abuela nos regaló para el casamiento, entonces nos embarazamos, y yo me quedé sin trabajo. Él construía vasijas de barro en el torno del fondo y yo me rascaba la panza. Entonces ya no corríamos desvistiéndonos de urgencia por los corredores de ninguna casa, ni nos metíamos juntos a ningún baño. Quique se convirtió en Enrique  -mi marido- y yo en futura madre, “y las madres -o proyectos de- pierden ciertas licencias frente al amor carnal, pues deben guardar la compostura y cuidar la salud de los vástagos”-decía él.
Enrique no desistió del mate y el termo, pero finalmente obligado por esta cónyuge impaciente, encaró el diario dominical lleno de "inútil sin experiencia" -condición que cumplía a la perfección.
Después de poco insistir, y de mucho preguntar uno de sus mejores amigos le consiguió trabajo en una casa de electrodomésticos donde llevaba los cheques y hacía los depósitos en los bancos. Enrique era muy simpático, así que no demoró mucho en hacerse amigo de todos los gerentes de las sucursales bancarias y uno de ellos, a los seis meses de conocerlo, le ofreció un empleo.
Yo recién había destetado a los mellizos, y matizaba mis días entre las mamaderas, los pañales, las papillas de zapallo, las idas al pediatra. Planchaba camisas, calzoncillos, corbatas y algunas veces, hasta los pañuelos desechables de Enrique.
Cuando intenté retomar la facultad, me sentaba a estudiar con un niño en cada brazo. Era casi imposible leer, ver un informativo, ir al baño, o ver llover. A veces vencida por el cansancio dejaba caer mi frente sobre la mesa como un avión averiado que hace un aterrizaje forzoso.

Cuando Nadia y Juan Manuel empezaron el jardín de infantes, creí que no resistiría la emoción. Al regresar, me dejaba caer así, con tapado y todo en el sillón del living. Aquel enorme silencio de la casa, se apoyaba sobre mis párpados y los empujaba hasta hacerlos caer. Los primeros dos meses sólo me dediqué a dormir: doscientos cuarenta minutos dispuestos enteramente para mí.
Un día, decidí presentarme a un concurso y gané un puesto de trabajo, y otro día, me vi envuelta en un romance con uno de los compañeros de la empresa. Escapaba amparada por el atardecer, rumbo a su casa, con la complicidad de mis amigas. Era algo muy fuerte, como lo que pasa en las películas, ¡y yo hacía tanto que no iba al cine!
Una noche después de cenar y acostar a los nenes tomé impulso y le dije a Enrique:
-Ya no aguanto más.
-Tenés razón, vieja. Es mejor que nos separemos -dijo mientras miraba el reloj de la cocina, regalo de casamiento.

26 de julio de 2011

UNA DE VAQUEROS: IGNOMINIA

En el horizonte la luna se recuesta roja sobre la arena. Una suave brisa agita, muy leve, restos de las huellas que Lou dejó al pasar por allí. Su caballo y su revólver fueron los más rápidos y temidos del Oeste. Muchos quisieron hacer uso de esa fama, pero nadie tenía tan buena puntería, y fueron descubiertos. No mataba a cualquiera, siempre elegía con precisión a las víctimas. Parecía que actuaba de manera impulsiva, pero eso no era cierto. Sólo tomaba decisiones rápidas.
Ese día -como tantas otras veces, se apeó del caballo -pareja de muchos años- arrastró las botas e hizo tintinear las espuelas contra la arena machacada. De un golpe abrió la puerta de la taberna: entrar y hacerse el silencio, fue todo una misma cosa. Las mujeres que bailaban quedaron con las piernas suspendidas por largos instantes, los hombres no se atrevían a mirar desde atrás del juego de poker.
-Pueden seguir- dijo con los pulgares firmes sobre ambos percutores. Los índices deseosos, temblaban.
Todo volvió a la normalidad: el pianista -sudoroso- prosiguió con la melodía, el humo de los cigarros continuó el recorrido hacia las ventilaciones del salón, se agitaron de nuevo los vestidos.
Ya en el mostrador -con todas las miradas cargadas en la espalda- pidió un whisky doble que bajó de un sólo sorbo por la garganta. Hizo lo mismo unas diez veces más -todos las contaron en secreto- y sin pestañear siquiera, salió del lugar.
Se subió al caballo y lo palmeó -¡Vamos a casa Silver!- le susurró en la oreja. El negro animal, obediente, emprendió el galope.
-Es una buena persona -pensó el caballo mientras recorría raudo el pueblo- No pesa demasiado, me susurra las órdenes, me da de comer bien, y jamás me pone en peligro. Además nos entendemos: nada mejor que hablar las cosas; sino fuera por eso ya hace rato que hubiera dejado las riendas colgadas y huido a cualquier parte.
Esos pensamientos fueron interrumpidos por el balazo traidor que tiró a Lou al suelo, Silver pudo ver cómo le manaba sangre desde el vientre. Sin poder hacer nada se echó a un lado a esperar la muerte.
Tantas almas anotadas en la culata del revólver no eran ciertas, él en verdad era el único que sabía que eran muchísimas más. Habían recorrido muchas tierras de diferentes colores, se habían escondido tras miles de rocas y pernoctado en infinidad de cuevas frías. Le había visto descerrajar tiros de gracia de perfección inigualable. Llegó a afinar tanto la puntería que disparaba siempre al mismo lugar del corazón y desde cualquier distancia -eso se convirtió en una marca inimitable- No podía creer que ahora estuviera ahí, sobre el suelo, corcoveando en las ancas de la muerte.
Muchas horas después el pueblo se animó a acercarse al cuerpo inerme y polvoriento. El comisario Smith fue el responsable de cargarlo hasta la funeraria y obligó al señor Master a jurar sobre la Biblia que jamás develaría ese secreto. Después lo depositó sobre la mesa sin pulir, por la que habían desfilado tantos pueblerinos menos ilustres que el bandido. Lo único que no pudieron cambiarle fue el rictus del rostro. Desde la vidriera del almacén donde tuvieron que exhibir el trofeo de la ley y el orden, la cara de la insospechada Louise, sonreía.

INMOVILIDAD

Al principio había uno solo, vertical. Después agregué otro en el techo. El gran espejo horizontal - igual que yo - no dejaba de mirarme. Era el paralelo de mis formas: planas, brillosas. Los años habían marcado huellas al colchón en donde me perdía. No llevaba ropa - por practicidad- lo cual me permitía una visión más detallada. A veces me gustaba cambiar la perspectiva - es bueno salirse de la rutina cada tanto- entonces bajaba los globos oculares y apuntaba hacia la nariz. Con el tiempo aprendí a no ponerme bizca, así que la imagen se volvió bastante nítida -creo- y por lo tanto real. (Ahora me pregunto cuál era la realidad). Con los ojos sesgados e invisiblemente móviles, podía ver las puntas de mis pies: dos pulgares gordos de uñas amarillas que Adela cortaba con misionera devoción todos los viernes. Podía ver parte de mi pecho, y si prestaba más atención lograba distinguir dos cerros chatos que subían y bajaban al compás del oxígeno y el anhídrido carbónico. Eran lo único que entraba y salía de mí cuando me esforzaba demasiado.
Los lunes era el día que venía Germán. Era un joven de manos muy prolijas - Manos de poeta - sentenció Adela. Ese día sólo me dedicaba a mirar el espejo del techo. No me daba vergüenza ver cómo apoyaba sus yemas lisas sobre mi cuello y cómo con más presión las bajaba hacia mis axilas - a veces rozaba los costados de mis pechos- Una vez vi que mis pezones lograron erizarse, pero creí que era una ilusión, un reflejo de los recuerdos.
Germán aplicaba los masajes por una hora sin descanso hasta llegar hasta la planta de los pies. Esa era la peor parte, allí no lograba ver casi nada: él sin querer tapaba con su cuerpo la imagen del espejo vertical.
Adela siempre estaba ahí, era una custodia implacable del trabajo de Germán. Pero ese día no. Fue muy curioso, tal vez sólo se convenció de que ya no era necesario.
Las yemas se posaron en mi cuello - como todos los lunes- las manos arqueadas mostraban un mapa de venas verdosas, cargadas por el esfuerzo. De pronto la tensión disminuyó, tímidas pero seguras se explayaron sobre mí, en un descanso que siempre le agradeceré. Lentas, se giraron cada una hacia un lado, después siguieron rumbo cierto más abajo. Allí se entretuvieron por largo rato - así me pareció- Los índices jugaban con los pulgares una y otra vez. Germán echó un líquido viscoso entre las dos torres que se alzaban al compás de los pulmones: lo extendió. Frotó y pellizcó los dos botones apagados que enrojecidos comenzaban a encenderse. Entonces puso sus labios entreabiertos entre ellos, y sin más, los mordió. Sin dejar de hacerlo - creo que con cariño- las manos libres ahora bajaron y subieron por mi abdomen, y pude ver cómo separaba mis piernas con destreza. Volvió a posar sus manos en mis pechos mientras se acomodaba frente a mí al borde de la cama. Puso su boca entonces en el triángulo donde sólo se entraba para limpiarme todos los días. Pude ver su lengua dispuesta, ágil pasearse como un expedicionario en la selva virgen de malezas secas.
Los pantalones bajos dejaron ver ante el espejo sus nalgas. Por un instante vi la trompa que se descolgaba entre sus piernas y que jamás había notado. Volvió a ponerse sobre mí. Esta vez más arriba. Pude ver frente a frente sus ojos, contar todos sus dientes. Entonces al mismo tiempo que metía la lengua en mi boca, hurgaba con desenfreno en el paladar inferior de mi entrepierna. Se agitó una y otra vez.
Sentí un cosquilleo en los tobillos que comenzó a crecer hasta las sienes. Vi por el espejo que mis ojos parpadeaban, moví las rodillas. Germán se movía más y más rápido, mientras seguía empujándose hacia adentro. Creo que fue cuando las dos lenguas se juntaron que grité. Un grito ronco, cascado por tanto silencio, que subía desde los pulgares gordos que ahora bailoteaban.
Dos lenguas y dos bocas unidas en un grito cavernario fue lo que encontró Adela cuando entró.

AMOR RESPONSABLE



La puerta automática del ascensor retrocedió por el zapato de taco negro. Dejó paso a las medias que calzaban un par de piernas algo gordas, la pollera semiajustada recortaba un gran culo y más arriba, una camisa de seda entreabierta mostraba el espacio de dos tetas por nacer. Llevaba una gran carpeta roja atada por moños, tenía un sombrero achatado y unas enormes caravanas que hacían juego con los ojos grises.
- ¿A qué piso vas? - le pregunté
- Al octavo ¿y vos? - dijo con cara de qué te importa
- Sí, sí... también
El silencio se hizo incontenible.
Ella miró mis zapatos - como si siempre mirara los zapatos de los hombres- las manos, después miró mis ojos. Le devolví la mirada fuerte, intensa. Estábamos solos.
Cerca del tercer piso ella respiró hondo, los pechos se elevaron - me pareció casi hasta la barbilla- y se rompió el primer botón. Cuando vi asomar la puntilla del sutien me puse al lado.
Ella midió mi bragueta y desabrochó el primer tramo del cinturón.
Toqué el botón de parada y el ascensor se detuvo en seco. Mientras le mordía el cuello pregunté:
-¿En serio vas al octavo?
- Hoy empiezo a trabajar ahí- dijo ella con la respiración entrecortada. Una de mis manos ya había encontrado la forma de meterse entre sus piernas, la otra abría más la blusa y pellizcaba la punta de un pezón.
- Yo también - alcancé a decir mientras ella me bajaba los pantalones de una vez.
- Pará... pará... - cortó ella. ¿Tenés forros?
Me costó unos segundos reaccionar. Mis instintos comenzaran a bajar por la ladera de la razón. Seguí mirándola sin decir palabra, mientras observaba cómo el placer se hacía humo y escapaba por el respiradero del ascensor.
Frente a mi estupor insistió:
- Si, loco, sin forros ni ahí- y empezó a acomodarse la blusa y el sombrero, después apretó el botón y la esporádica cama móvil se puso en marcha.
El indicador marcó el ocho con un aro naranja.
Nos bajamos sin mirarnos mucho, y enfilamos por el primer corredor, al fondo a la derecha.